lunes, 6 de febrero de 2017

Sobre la censura y otros espectáculos

* Publicado originalmente en Rumbo Económico el 12 de diciembre, 2016 (enlace: http://rumboeconomico.com/2016/12/12/sobre-la-censura-y-otros-espectaculos-por-gabriela-rodriguez-pajares/

El espectáculo escenificado durante las últimas semanas en el gran teatro de la política nacional nos ha demostrado una vez más la decadencia de una clase dirigente que acaso porque ya poco pueda sorprendernos no deja (y no deba dejar) de indignarnos. En ese sentido, la teatralización de lo absurdo que supuso la interpelación al ministro de Educación Jaime Saavedra y lo que promete ser su continuación- si es que antes no es apartado del cargo por el propio gobierno-, la votación de la moción de censura, constituye otra clara expresión de la manera en que un Congreso que es ejemplo de casi nada se abastece con las armas que la propia Constitución provee para socavar lo que, en primera instancia, esta debería garantizar: la institucionalidad del Estado.

Por supuesto, aun cuando lamentable, este espectáculo dista de ser original, pues actualmente Brasil nos provee de otro ilustre ejemplo sobre el uso perverso de mecanismos constitucionales para fines personales. Solamente recordemos que Dilma Rousseff fue destituida a partir de un proceso abierto y atentamente seguido por un Congreso, más de la mitad de cuyos miembros tienen causas pendientes con la justicia que van desde acusaciones de involucramiento en casos de corrupción hasta la práctica de tortura y homicidio culposo[1]. Muchos de esos cargos están relacionados con la gran red de corrupción del caso Lava Jato, investigado actualmente por la justicia brasileña en un megaoperativo que ya ha visto caer cabezas y promete cortar muchas más, con motivo del reciente acuerdo al que se ha llegado con directivos de Odebrecht. 

Salvando las distancias, en ambos casos un Congreso en el que campea la corrupción juzga a un Ejecutivo, que no exento de responsabilidades o faltas políticas, es atribuido con acusaciones que constituyen dudosas causales de remoción del cargo. En cuanto a la destitución de la ex presidenta de Brasil, se le acusó de alterar las cuentas públicas para cubrir el déficit y equilibrar los balances presupuestarios. Ante esta medida, aun cuando atentatoria de la ley de Responsabilidad Fiscal, muchas voces declararon su disconformidad con el principio de proporcionalidad que implicaba que delitos fiscales recibieran la misma sanción que delitos mayores que supongan, incluso, la subversión del Estado de Derecho[2].

En el caso peruano, un ministro pretende ser removido, alegando responsabilidad política por las demoras en las obras para los Juegos Panamericanos a realizarse en nuestro país en el 2019, así como por la compra irregular de computadoras para este sector. Así, el pliego interpelatorio, centrado en estos dos temas, no tocó otros aspectos fundamentales de su función como encargado de la cartera de Educación. Tal como a Rousseff no pudo imputársele una participación directa en casos de corrupción, aun cuando buena parte de su partido se encuentre embarrado en la trama de sobornos de Petrobras, al ministro de Educación tampoco ha podido demostrársele una participación directa en los casos de corrupción e irregularidades al interior de la cartera que dirige y que tanto ha consternado a fujimoristas y apristas.

En Brasil, aproximadamente el 50% de los miembros de la Cámara Baja se encuentra involucrado en causas judiciales. Eduardo Cunha, el todopoderoso ex presidente de dicha cámara que  dio curso al proceso de impeachment, perdió su condición de diputado, y junto con ello también el aforamiento que lo protegía de la justicia, lo que permitió que recientemente fuera arrestado ante las contundentes evidencias de su participación en casos de corrupción y lavado de dinero[3]. En cuanto al Senado, que en las últimas semanas ha pasado a situarse en el foco de la tormenta, el 60% de sus miembros tienen cuentas pendientes con la justicia, mientras que su controvertido presidente, Renan Calheiros, ha sido acusado por el Tribunal Supremo de peculado, tráfico de influencias y recepción de sobornos.

En cuanto al Perú, es bastante conocido que varios integrantes de la bancada de Fuerza Popular, principal partido promotor de la interpelación al ministro Saavedra y de la moción de censura presentada el viernes pasado, mantienen estrechos vínculos con instituciones que ven en la Ley Universitaria un obstáculo para continuar lucrando en detrimento de la educación de una juventud con expectativas de superación. Como señala un reciente informe del portal de investigación Ojo-Público: “La guerra contra la reforma educativa se pelea en el Congreso, pero la agitan los dueños de las universidades privadas que temen perder parte de los millonarios ingresos que obtienen al abusar de las exoneraciones tributarias que mantienen desde hace 20 años.” Es así que bajo la nueva Ley Universitaria, “las 50 universidades privadas creadas como empresas lucrativas no podrán pedir la reducción de su impuesto a la renta porque ninguna ha completado la acreditación”, y, además, se buscará fiscalizar “los excedentes de dinero que reciben las 41 universidades sin fines de lucro, beneficios que han servido para que algunos rectores y empresarios incrementen su patrimonio personal”[4].

Sin pretender equiparar las implicaciones de la destitución de un Jefe de Estado con las de un miembro del gabinete ministerial, existe un punto en común: el aprovechamiento político de un recurso constitucional por parte de los congresistas para salvaguardar intereses personales que lejos se encuentran de su función pública como representantes por mandato popular. Ciertamente, a diferencia de la remoción de Rousseff, los efectos de la partida del ministro Saavedra no conducirían a una crisis gubernamental de grandes proporciones. Más aún, habría que partir por admitir que ningún funcionario, a excepción del propio Jefe de Estado en un régimen presidencialista, es imprescindible. Así, se puede conceder algún crédito a quienes consideran exagerada la defensa del ministro por parte del gobierno y que alegan la conveniencia de su renuncia para atajar el conflicto que su presencia atiza cada vez más entre los dos poderes del Estado.

Pero el problema trasciende a la presencia del ministro en el gobierno. Se trata de una situación en la que una bancada con mayoría absoluta en el Congreso pretende sobrepasar al gobierno e imponer su propia agenda. No se trata de representar aquí un escenario maniqueo en el que solo hay buenos y malos. Nada más alejado de la realidad. Hasta el momento, el gobierno ha dado varios motivos para ser cuestionado, pero ojalá las explicaciones requeridas por la oposición, específicamente Fuerza Popular y el APRA, se orientaran a esos casos que merecen ser esclarecidos. El punto es que la bancada fujimorista se ha propuesto complicar la gobernabilidad de esta gestión y entorpecer el normal funcionamiento de la  administración pública si es que las medidas implementadas por el Ejecutivo en funciones no se corresponden con las directrices de su propia agenda.

Personalmente, considero que aquí no hay víctimas. Tampoco creo al ministro Saavedra una víctima de la vesania fujimorista, quien va al Congreso como cordero al matadero. Al fin y al cabo, el gobierno debería estar preparado para responder cuando fuera necesario, después de que todo intento de diálogo resultara infructuoso. No creo que Jaime Saavedra merezca ser censurado, pero, finalmente, su permanencia en el gobierno no es lo que más me preocupa, sino lo que su partida puede representar. Esto es, cinco años de entrampamiento y bloqueo institucional como chantaje por parte de una mayoría en el Congreso si es que el Ejecutivo no actúa de acuerdo con sus directivas y no satisface, aunque sea parcialmente, sus requerimientos. Cinco años en los que más que negociar, el gobierno se va a ver impelido a ceder. Porque el problema no es que un ministro, aun con la evaluación de una gestión que demuestra algunos activos a destacar, se marche. El riesgo es precisamente la deformación de la institucionalidad democrática desde dentro, empleando las mismas herramientas que esta provee para fines diametralmente alejados del propósito para las que fueron creadas. Resulta peligroso porque es el tipo de transgresión sutil que nos mantiene en el prolongado vaivén entre los temores del pasado, las promesas dudosas del presente y las expectativas poco claras del futuro.

Después de Fidel

* Publicado originalmente en Rumbo Económico el 4 de diciembre, 2016 (enlace: http://rumboeconomico.com/2016/12/04/despues-de-fidel-por-gabriela-rodriguez-pajares/

El fallecimiento de Fidel Castro, como era previsible, ha conllevado múltiples reacciones entre las cuales no han abundado precisamente el análisis desapasionado y el juicio equilibrado. Se comprende que un personaje de su complejidad y cuyas acciones impactaron de diversas formas a generaciones enteras más allá de las fronteras de la isla suscite, asimismo, las más variadas respuestas. Así, por ejemplo, frente a las muestras de júbilo de un sector de la comunidad cubanoamericana de Florida, una respuesta más mesurada, también al interior de la oposición cubana, provino de las Damas de Blanco[1].  Ya fuera porque en su caso la prudencia se justificaba más por su condición de oposición interna que podía ser objeto de las represalias por parte del gobierno o porque decidieron ser consecuentes con su alegato de que respetaban el duelo y no celebraban la muerte de ningún ser humano, se trató de una respuesta más prudente ante lo que, al fin y al cabo, fue, efectivamente, la muerte de un ser humano, muy al margen de la naturaleza de sus actos en vida.

Simpatizantes, detractores y actores diversos de la escena nacional e internacional han tenido algo que decir frente a la partida de quien, más allá del juicio con el que se le puede valorar, es reconocido como un protagonista clave de la historia reciente. Y es que su deceso conlleva implícitamente una evaluación de los efectos que tendrá para lo que constituye un factor fundamental en la política cubana: su relación con Estados Unidos. Así, muchos consideran que con Fidel expiró el principal o uno de los más significativos obstáculos en la democratización de la isla y en el proceso de normalización de relaciones con Estados Unidos. Otros, por su parte, alegan que el gobierno de Raúl Castro supone una continuación del régimen dictatorial implantado por su hermano y que no se ha dado cambios sustanciales que justifiquen el cambio de enfoque de la política estadounidense hacia La Habana.

Junto con la partida del líder de la revolución cubana, otro elemento se contempla en la proyección de las relaciones entre ambos países en los próximos años: la política que adoptará Donald Trump hacia Cuba. El presidente electo ha sido errático en sus declaraciones sobre la forma en la que piensa abordar esta materia, aun cuando en los últimos tramos de la campaña se decantó por un discurso más altisonante con el fin de que resultara atractivo a la comunidad cubanoamericana conservadora, posición que parece mantener desde entonces y que supone un mal augurio para la continuación del proceso de normalización de relaciones bilaterales anunciado en diciembre del 2014.

En ese sentido, hay que tener en consideración que un factor determinante en el giro que ha tomado la relación entre ambos países fue la voluntad de Estados Unidos de reorientar una situación que se tornaba estática por la incapacidad de ambos gobiernos de emprender pasos significativos. Así, William LeoGrande y Peter Kornbluh, en su estudio reciente sobre la historia de las negociaciones secretas entre Washington y La Habana (LeoGrande y Kornbluh. Diplomacia encubierta en Cuba, 2015), sostienen que una característica de estas negociaciones había sido la indisposición para adoptar actos unilaterales inmediatos e importantes que dieran cuenta de un auténtico interés por superar el entrampamiento en el que se había caído una y otra vez durante más de medio siglo.

Obama, luego de un comienzo vacilante, en su segundo gobierno decidió romper con el círculo vicioso del enfoque quid pro quo que había formado parte de la política oficial de Estados Unidos y que había resultado, a todas luces, tan ineficaz como el embargo. Esto es, en lugar de continuar con la línea de sus predecesores, que más allá de los cambios cosméticos en la retórica adoptada por cada administración, había supuesto siempre la imposición de condiciones previas al gobierno cubano solo a partir de cuyo cumplimiento podían considerar retomar las negociaciones que llevaran a un restablecimiento de relaciones, Obama resolvió prescindir de dichas negociaciones condicionadas y del acercamiento gradual para llevar a cabo aquel “golpe de audacia” que se necesitaba para resquebrajar el anquilosado armazón formado en medio siglo de permanente colisión. Así, el golpe debía provenir fundamentalmente de Estados Unidos porque, además de ser, por mucho, la parte fuerte de la disputa, Cuba no había impuesto una precondición ante la cual podía resultar tan difícil transigir como la exigencia de un cambio de régimen. Y si se cuestiona el hecho de que Estados Unidos decida tolerar el carácter autoritario del régimen y las restricciones a los derechos y a las libertades de su población, habría que recordar que, en varios casos, estos no han supuesto impedimentos suficientes para el forjamiento de alianzas estratégicas.

Pero hay que tomar en cuenta, asimismo, que Obama podría no haber asumido este replanteamiento en su política hacia Cuba si es que no existiesen las condiciones para ello en el ámbito de la política interna. Pero el caso es que actualmente la hostilidad de la comunidad cubanoamericana a un restablecimiento de relaciones con el gobierno cubano se ha visto mitigada a partir de la disposición de los más jóvenes para asumir una posición más moderada y un juicio más sobrio con respecto a las generaciones mayores, en su mayoría, conservadores republicanos muy inflexibles en su oposición al régimen castrista. Es por ello que LeoGrande y Kornbluh alegan que la actitud de las sucesivas administraciones en Estados Unidos ha estado orientada en mayor medida por el interés político de atraer los votos electorales de un estado clave como Florida, lo que ha incentivado la perpetuación de una conducta hostil hacia La Habana.

Algunos indicadores dan cuenta de este cambio al interior de la comunidad cubanoamericana. Según la última encuesta anual de la Universidad Internacional de Florida a cubanoamericanos residentes en el Condado de Miami-Dade[2], el 81% de los encuestados considera que el embargo no ha funcionado “de forma alguna” (60.2%), o “no muy bien” (21.3%). De forma coherente con esta opinión, una mayoría (63.2%) aboga por ponerle fin y por expandir las relaciones económicas entre compañías estadounidenses y la isla (57%). Además, un 64% apoya la nueva política de Estados Unidos hacia Cuba iniciada por la administración Obama y un porcentaje similar (65%) se expresa en favor del restablecimiento de relaciones diplomáticas. En todos los casos, son las generaciones más jóvenes las que se muestran más dispuestas a la apertura de relaciones y que constituyen un apoyo más sólido al replanteamiento de la política estadounidense.

Es precisamente este cambio sustancial al interior de la política interna de Estados Unidos lo que supone, a mi parecer, la mayor esperanza en la continuidad del proceso inaugurado por la administración de salida, aun cuando el futuro no parezca tan promisorio dadas las declaraciones del candidato electo, así como la impericia e imprudencia que hasta el momento ha mostrado en cuanto a política exterior. Así, al contrario de lo que ocurría en el pasado, cuando el presidente de turno se veía impulsado a adoptar una posición inflexible para no afectar sus expectativas electorales y las de su partido, actualmente no parece existir ese incentivo en el mismo grado. Podríamos esperar, entonces, que Donald Trump revise sus últimas afirmaciones y decida continuar con el restablecimiento de relaciones.

De esta forma, la partida de Fidel nos lleva a reflexionar sobre la historia de las relaciones entre ambos países, y es precisamente esa reflexión del pasado lo que nos permite reconocer la particularidad de las circunstancias actuales. Fidel fue uno de los artífices en la formación del armazón que ha empezado a agrietarse. Su influencia perdura y ciertamente permanecerá, pero así como la historia se construyó con él, continuará construyéndose en su ausencia, modelada ahora por las nuevas generaciones que conforman el principal agente de cambio… Esperemos.

François Fillon: ¿la mejor carta de Los Republicanos?

* Publicado originalmente en Rumbo Económico el 28 de noviembre, 2016 (enlace: http://rumboeconomico.com/2016/11/28/francois-fillon-la-mejor-carta-de-los-republicanos-por-gabriela-rodriguez-pajares/)

Después de las victorias del Brexit y de Donald Trump, los procesos de elecciones que tendrán lugar en Europa durante lo que queda de este año y a lo largo del próximo concitan gran interés. Estos han sido vistos como indicios claros de que lo que alguna vez supuso una amenaza latente, pero que se creía lejana- por ocurrir en ciertos países de Europa que alguna vez pertenecieron a la órbita soviética y, por lo tanto, con una larga tradición autoritaria-, se torna cada vez más en una característica común del escenario actual también en los países de Europa Occidental que se precian de su tradición democrática y liberal: la expansión y el fortalecimiento de los movimientos y partidos políticos de ultraderecha que enarbolan el populismo, la xenofobia y el racismo como instrumentos de lucha política. En ese sentido, para muchos, uno de los grandes retos en la actualidad es atajar la ola de populismos de ultraderecha que se proyectan con probabilidades de ocupar espacios cada vez más importantes en la política nacional y regional, y que podrían llegar a convertirse próximamente en gobiernos democráticamente elegidos.

Es en este contexto que en Francia se inicia un proceso de primarias marcado por una consigna clara: elegir a un candidato que permita contrarrestar a Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, quien, según los pronósticos, tendría asegurado su pase a la segunda vuelta. Dada la extremadamente baja popularidad de François Hollande (alrededor de un 4%[1]), que impacta negativamente las expectativas de los socialistas de competir en la segunda ronda, las miradas se han dirigido hacia los republicanos, cuyo candidato será el posible adversario de Le Pen. Ante el anuncio de la victoria de François Fillon en las elecciones que se llevaron a cabo el día de ayer, cabe discutir cuál de los dos candidatos que disputaban la segunda vuelta, el centrista Alain Juppé y el católico conservador Fillon, resultaría una mejor opción para frenar el avance del Frente Nacional.

A pesar de la disyuntiva que supone, este escenario no es inédito en Francia. Recordemos que recientemente, en el 2002, los franceses tuvieron que elegir en una segunda vuelta entre la centro-derecha de Jacques Chirac y la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen. El primero derrotó estrepitosamente al segundo por un amplio margen, mayor a 60 puntos (82.21%-17.79%[2]). Así, el voto de Le Pen se incrementó en menos de un punto (de 16.86% a 17.79%), mientras que el de Chirac pasó de 19.88% a 82.21% (+62.33), lo que implica que la exorbitante mayoría de votos dispersos durante la primera vuelta se concentraron y se erigieron en un bloque sólido para frenar al que consideraban el peligro mayor. En ese sentido, la segunda vuelta supuso la elección del “mal menor”, aun con todas las reticencias que el electorado a la izquierda de Chirac pudiera albergar.

Entonces, tomando como punto de referencia las elecciones del 2002, podría reflexionarse acerca del perfil del candidato que supondría un mejor competidor frente a una ultraderecha fortalecida. Aun cuando algunos podrían alegar que la moderación y la posición centrista de Juppé constituían activos importantes, pues habría tenido la capacidad de atraer con mayor facilidad el voto de la izquierda, también es posible considerar que, al mismo tiempo, dicha orientación centrista podría resultar perjudicial. Este segundo escenario debe tomarse en cuenta si se considera el análisis de Michael Laver, Kenneth Benoit y Nicolas Sauger sobre las elecciones del 2002[3]. Según este estudio, el principal error de Lionel Jospin, candidato de los socialistas, fue moderar su discurso con respecto a la plataforma de su partido y orientarse notoriamente hacia un centro tugurizado, alejándose de sus bases. Así, Jospin desestimó una estrategia importante en los sistemas electorales que contemplan dos vueltas: la primera debe servir para asegurar el electorado que conforma las bases del partido y la segunda para expandir el campo electoral, al captar el voto restante que queda del descarte del bloque de candidatos de la primera vuelta.

Por lo tanto, Jospin jugó mal sus cartas, pues la moderación de su posición durante la campaña para la primera vuelta conllevó la disgregación del voto entre otros candidatos cuyas posiciones también los ubicaba más cerca del centro del espectro político. Chirac, por su parte, sí cumplió con esta condición, esgrimiendo un discurso que lo situaba incluso más a la derecha de la plataforma de su partido, asegurando, así, el apoyo del electorado conservador que constituía su base, lo que, en última instancia, implicó que consiguiera los votos necesarios para pasar a una segunda vuelta. En un electorado que, en general, tendía a converger hacia el centro, resultaba predecible que los votos flotantes se orientarían en masa hacia el candidato que menos se alejara de dicha ubicación, es decir, Chirac.

Siguiendo esta lógica, una presunta elección de Juppé habría supuesto una apuesta menos segura, sobre todo, teniendo en consideración un contexto diferente en el que la volatilidad del voto se ha convertido en un elemento constante del escenario político actual. Así, la coincidencia de la agenda política de Juppé con otros candidatos liberales de centro, como Emmanuelle Macron- quien ya ha anunciado su postulación a la presidencia como candidato independiente- podía llevar a una fragmentación del voto que pondría en entredicho, incluso, su capacidad para superar la primera vuelta. Y en el eventual caso de que lo consiguiera, podría, asimismo, suponer una debilidad ante una ultraderecha fortalecida, un electorado desencantado (según un sondeo reciente de Ipsos/MORI, un 89% de los franceses se encuentran descontentos con la situación de su país[4]) y, aparentemente, más alejado del centro con respecto a 15 años antes.

Fillon, por su parte, con un perfil de liberal económico, conservador en lo social y duro en temas que se encuentran entre las principales preocupaciones de la sociedad francesa como la inmigración y los refugiados, constituiría una opción más segura, que permitiría asentar el voto de las bases conservadoras durante la primera vuelta, y atraería el voto de buena parte del espectro político durante la segunda: de la izquierda, el centro, la derecha e, incluso la ultraderecha que coquetea con las consignas del Frente Nacional pero que rechaza su retórica incendiaria y sus posiciones más extremas.

La elección de Fillon puede constituir, en última instancia, una mejor carta para los republicanos en su carrera para recuperar el Elíseo y para el electorado cuya primera consigna en estas elecciones es bloquear el acceso del Frente Nacional a la presidencia. Por supuesto, al mismo tiempo, su elección como la principal apuesta de la derecha y su alta probabilidad de ganar las elecciones implican también la “derechización” y la radicalización de la agenda política francesa, así como un endurecimiento en el tratamiento de problemáticas sociales de relevancia en este momento, como la seguridad frente a la amenaza terrorista o la política inmigratoria y de acogida a los refugiados. Pero si la prioridad es atajar la ola de populismo nacionalista que avanza con fuerza en Europa, una derecha ortodoxa sería vista como un “mal menor”, aun cuando, a la larga, pueda suponer asumir un costo muy alto con resultados que podrían no ser sustancialmente diferentes al del mal mayor que inicialmente se pretendía evitar.